La carta abierta a Macron sobre Notre Dame

Por la importancia de la misma y, aunque no es el objeto de este blog la traducción de artículos extranjeros, se enlaza y se traduce la que han firmado más de 1170 conservadores, directores de museos y otras figuras relevantes del arte, de la conservación y de la restauración, no sólo de Francia, para pedir a Macron que se hagan las obras como merece un edificio de tal importancia:notre dame tras el incendio

Señor Presidente,

La tarde del 15 de abril, las miradas del mundo entero se volvieron a Notre Dame de París, recordándonos que dicho monumento no es sólo de los católicos, ni de los parisinos, ni de los franceses ni siquiera de los europeos, sino que es uno de esos edificios que el genio de sus sucesivos constructores ha legado a la Humanidad. Francia ha tenido desde muy pronto, en parte por la influencia de la apasionada novela de Víctor Hugo que sonaba como una súplica por la catedral parisina, de una legislación que tenga por objeto no sólo la protección de los monumentos históricos, sino también, que prevea un marco de acción cuando son mutilados por las estragos del tiempo o de los hombres. Desde 1862, el gobierno eligió poner a la catedral parisina, entonces en proceso de restauración, bajo la protección de dicha legislación. Más de un siglo después, también bajo impulso francés, entre otros, la UNESCO elaboró una lista de patrimonio mundial de la Humanidad, con criterios de protección preciso. En 1991, Francia solicitó y obtuvo la inscripción en esa lista de las orillas del Sena de París, apoyándose notablemente en la presencia, en su corazón, de Notre Dame de París y, de forma más amplia, en la existencia de una perspectiva, que se constituyó entre la Edad Media y el principio del siglo XX, protegida en sí misma.

Una tal protección no existiría sin una deontología que se impone a todos los que realizan el mantenimiento, la conservación y la restauración de estos monumentos. Ahí también, Francia ha tenido un lugar pionero, notablemente gracias a las reflexiones de Jean-Baptiste Lassus y de Eugène Viollet-Le-Duc, elaboradas como consecuencia de la práctica en la Isla de Francia, la Sainte-Chapelle y Notre Dame. Esa deontología, evidentemente, ha evolucionado. Ha dado lugar a la Carta de Venecia en 1964, completado por el documento de Nara en 1994, que dijan un cuadro internacionalmente reconocido para las intervenciones en los momnumentos, tanto en las operaciones de conservación como las de restauración o de reconstrucción parcial.

En toda esta historia, Francia ha jugado desde siempre un papel crucial, apoyándose en instituciones de excelencia que forman a los especialistas en protección, reconocidas internacional y atrayendo a estudiantes del mundo entero (Escuela de Chaillot, Instituto nacional de Patrimonio, instituciones universitarias, compañías, algunas de ellas inscritas en la lista de patrimonio inmaterial de la humanidad). No es par azar que la sede del Consejo internacional de Monumentos y de Sitios históricos se encuentre en París. Esta excelencia de Francia en el campo patrimonial, la hemos visto en la intervención ejemplar de los bomberos cuya acción ha permitido evitar un desastre mucho más grave, y en las acciones que han permitido consolidar de urgencia la catedral y evacuar en lo esencial las obras que pudieran desplazarse durante la semana posterior. Tenemos todos la consciencia de haber evitado un desastre mucho mayor, el del hundimiento de la catedral y la desaparición de los 850 años de historia que conserva.

Desgraciadamente, esta excelencia ha sido olvidada en parte por los gobiernos precedentes y con ella la inversión nacional en la conservación y salvaguardia del patrimonio: como muestra el informe del Senado sobre el proyecto de ley de financiación para 2019, los créditos de pago afectados a la conservación de Monumentos históricos, incluidos grandes proyectos, han disminuido, en euros, de 2010 a 2012, después se estabilizaron en 2013. Por tanto, desde hace mucho, las alertas se han multiplicado sobre la insuficiencia creciente de los presupuestos, obligando a privilegiar los trabajos de urgencia, como los que se desarrollaban en Notre Dame, más que un acercamiento verdaderamente planificado.

Hoy el drama ya está aquí y nos sobrepasa a todos. Notre Dame de París no es sólo una catedral, sino uno de los monumentos mayores de toda la arquitectura europea. Es uno de los monumentos alrededor del cual, durante casi dos siglos se ha constituido la protección y la deontología francesa y mundial de los Monumentos históricos. La emoción que la envuelve ha demostrado que este drama era mundial, nos falta percibir toda la carga histórica.

Es por esa razón que nosotros, universitarios, investigadores y profesionales de patrimonio, de Francia y del extranjero, nos permitimos dirigirnos a usted hoy, Señor Presidente, para solicitaros, como lo ha dicho tan bien Jean Nouvel,  que “deje el diagnóstico a los historiadores y a los expertos antes de que pronunciarse (usted) sobre el futuro del monumento”. Sabemos que el calendario político exige actuar rápido y sabemos también cómo una Notre Dame mutilada pesa sobre la imagen de Francia. Sin embargo, lo que va a pasar con Notre Dame en los años próximo, nos compromete a todos, mucho más allá de ese calendario. El problema de estos trabajos irá mucho más allá de los mandatos políticos como de las generaciones y seremos juzgados dependiendo de su resultado.

Tampoco venimos a preconizar esta o aquella solución. Es muy pronto. ¿Qué se puede o no se puede hacer, qué alternativas serán posibles? Nosotros no podemos dar hoy esa solución. Eso depende de las restricciones técnicas que vienen determinadas por el estado de la construcción. Pero esas alternativas deben hacerse desde el respeto a lo que es Notre Dame, más que una catedral como otras, más que un monumento histórico como otros,  desde un acercamiento escrupuloso, reflexivo de la deontología. La historia de Notre Dame de París hace que la gravedad del incendio sobrepase las meras consecuencias materiales. Usted mismo ha declarado, Señor Presidente, querer restaurar Notre Dame. Ese es nuestro deseo también, pero, para hacerlo, no borre la complejidad del pensamiento que debe envolver esta construcción bajo una imagen de eficacia. Dé tiempo al diagnóstico. El ejecutivo no puede dejar de escuchar a los expertos, Francia ha formado a quienes esstán entre los mejores del mundo y muchos de ellos se encuentran en vuestra Administración, en el Ministerio de la Cultura. Sepa reconocer su pericia, déles tiempo de encontrar el buen camino y, entonces, sí, fijemos un tiempo ambicioso para una restauración ejemplar no sólo para hoy, sino también para las generaciones futuras.

La excelencia de la competencia de los artesanos y empresas francesas, su experiencia, la de sus arquitectos, la competencia de sus conservadores, de sus historiadores, son mundialmente conocidas. La catedral ha atraído, a través del mundo, la atención de los universitarios y de numerosos programas de investigación cuyos resultados están hoy a nuestra disposición. Esos recursos franceses e internacionales dan las mejores perspectivas a Francia para restablecer Notre Dame en su dignidad de símbolo. Escúchelos. Délos su confianza, nosotros se la damos, sin esperas pero sin precipitación. El mundo nos mira. Hoy, no se trata de una cuestión de arquitectura, pero de millones de gestos, humildes y expertos, gobernados por la ciencia y el saber, en el marco de una política patrimonial renovada, ambiciosa y voluntarista, preocupado de cada monumento, que volverá a dar a la catedral de Hugo, de Viollet-Le-Duc, la nuestra, la vuestra, su lugar y su función en la historia y en el futuro.

La publicación original, en Le Figaro.

[La foto, evidentemente, no es mía; la encontré en internet pero ya no sé dónde. Si su autor quiere que la borre o que ponga quién es, me deja un comentario en la entrada y procederé como me diga].

2 comentarios sobre “La carta abierta a Macron sobre Notre Dame

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